¿Cómo podemos pues saber algo, si en realidad no sabemos nada?
Durante la Edad Media, la cuestión de si la revelación divina triunfa sobre la razón como fuente del conocimiento humano, o viceversa, estaba de lo más candente.
Un hombre se cae a un pozo muy profundo y baja cien metros a plomo antes de poder agarrarse a una rama que sobresale y detener su caída. Va perdiendo fuerzas, cada vez le resulta más difícil sujetarse, y en su desesperación grita:
-¿Hay alguien ahí?
Mira hacia arriba y solo logra ver un círculo de cielo. De pronto, se abren las nubes y surge un haz de luz que le ilumina. Se oye el rugido de una voz profunda que dice:
-He, tú, soy el Señor, suéltate de la rama, que te salvo.
El hombre pondera por un momento sus palabras y grita:
-¿Hay alguien más?
Estar colgado de una rama tiende a inclinar la balanza hacia la razón.
René Descartes prefirió la razón a las fuentes de conocimiento divino. Se acabó conociendo como el proceso de optar por Descartes, antes que por la fuente.
- Realmente, ¿en quién podemos confiar?
